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01 julio 2010

Las historias de la nueva era I



De la noche a la mañana, los exiliados de la gracia de dios, corrieron aterrorizados al saberse creyentes de una fe carcomida por la lujuria, la avaricia, la mentira, la gula y otros tantos vicios que aquejaban sus almas, sus espíritus corrompidos por el hambre de tener en vez de ser primero.

Ser en el sentido más amplio de la palabra, con todas sus aristas incluidas. Ser para poder hacer, y más tarde, como resultado de esa secuencia de lógica común, de esa que algunos logran desarrollar luego de haber asimilado una consistente dosis de filosofía cotidiana, practicar un nuevo estilo de creencia voluntaria hacia tHdo aquello que vbra dentro de la conciencia colectiva o imagnaro total.

Nadie alcanzaba a comprenderlo de inmediato, pues tales verdades acontecían fuera de la realidad que los sujetaba al imbatible padre tiempo. Romper los límites de la conciencia, atravesar las barreras de la mente y arribar a dichas cuestiones simbólicas, exigía superar retos insospechados.

Quien conseguía tal proeza, estaba preparado para rescatar a sus congéneres de la ignorancia deseada, esa demencia tolerada pero Nunca asimilada.

11 mayo 2010

Pesadilla


El sonido de la muerte arroja un eco en las paredes despintadas y en los vestigios de un cuadro removido, donde agonizan los trazos infernales de un hombre devorado por el miedo. El alma se le espanta y divaga presurosa por los rincones donde las fronteras no tienen un sólo final ni un sólo principio.

En el pasadizo de los sueños alienados que yacen en el inconsciente, la mente flota desde el ocaso perfeccionando círculos, y se eleva al trastocar los silencios alargados antes de posarse en el éter de una atmósfera enmohecida. 
  
En el lugar donde antes anidaba el aliento vital que recorría sus costados, se ha quedado descansando el vacío, reposo de la materia ante el roce de lo imperecedero. Hiela la sangre sostenerse en pie a las orillas de un  barranco onírico. 

En el despertar de una brusca pesadilla, el cuerpo se retuerce bajo las sábanas maltratadas por las presencias nocturnas, y se distorsiona el filo de una noche macilenta. 

Los delirios diurnos del individuo son el reflejo imaginario de aquel que permanece sumido en las proximidades de un siniestro sueño.


11 abril 2010

Mundo paralelo


Nube le hacía honor a su nombre. A sus quince años, le bastaba con cerrar sus melancólicos ojos, para abrir los del alma. Entonces se dejaba llevar, relajándose por completo en esa dimensión donde las leyes de gravedad actuaban de otro modo. Y es que si ella lo disponía, era capaz de levitar por los aires.

De repente, sus pies se iban elevando hasta conseguir cierta altura, extendía los brazos cual si fuera un ave de alas amplias y recorría parajes inexplorados guardando en su memoria hermosas vistas panorámicas. Era fantástico volar en medio de colinas montañosas, surcando desde esa distancia las tormentas hasta mirar los océanos como una diminuta piscina.

Desde allí podía ascender hasta la luna llena, mantenerse flotando con cierto asombro y sentarse encima de algún cráter para contemplar el ancho horizonte, mientras acariciaba la textura de su brillante superficie. Eso le permitía sentirse libre, independiente y si así lo deseaba, a salvo de cualquier tipo de obstáculos.  

Definitivamente, no le gustaba el mundo en el que vivía. Era mejor huir de la violencia, de la inseguridad de las calles, las malditas guerras y de su cruda realidad cotidiana; esa gris habitación de paredes heladas cuyos rincones estaban repletos de quejas, frustraciones y montones de objetos en desorden. Es por eso que cada noche volvía a sentirse cerca del cielo, en el satélite natural del planeta tierra, más allá de la brumosa atmósfera, rodeada de sombrillas imaginarias y mariposas amarillas. 

Pero al abrir los ojos, estaba de nuevo en su sitio, custodiada por los barrotes oxidados de su ventana, rumiando el recuerdo de Lluvia, su hermana gemela, quien meses antes la había abandonado para siempre al ser atropellada por un auto. 

13 marzo 2010

Fragmentos a la deriva V



Discutimos con más ahínco aún cuando sabemos que no hacemos lo correcto, incluso vociferamos, un tanto absurdos y tercos; gritamos y nos negamos al verdadero entendimiento.

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En la confusa suerte de hallarnos separados, las obligaciones continúan absorbiendo nuestra atención y nos restan posibilidades de reunir nuestros destinos, si no acostumbramos luchar por lo que queremos. Lo incierto cobra importancia, sobre todo cuando huyes a nuestro encuentro. El amor renace con la proximidad de las almas que se buscan desde la nada.

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Conseguir la llave de tu corazón es la mayor tentativa; adentrarse en la esencia amorosa y tamizar con esa fuerza única todos los sentidos; vía precisa que conduce al castillo de los anhelos incumplidos.

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Algo extraño nos inquieta en los sueños; el ruego desmedido de verte aparecer en alguno de ellos, el sentir tan sólo que me rondas, que en la madrugada te presiento, cuando un calor intenso y repentino me obliga a dejar de abrazar la almohada mientras reacomodo este cuerpo que te extraña.

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De diez sueños que tenga, en once estarás tú. De mis más hondas ilusiones estarás prendada, por el cariño que ha crecido, por el respiro que le has dado a mi alma, por las palabras sinceras que me has regalado cuando más lo necesitaba. Porque de mis anhelos eres la luz que los mantiene ardiendo sin agotarse.

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Tinta malgastada, luz recóndita que pierde su brillo; acto inclemente de apagar malentendidos y de proclamarle a la vida otro poco más de cariño. Engaño convenido por la carencia afectiva, rumor que deshace el vacío, caricia fabricada para los dolores míos.

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Ante el vacío de los vicios repetitivos, se revelan antiguas obsesiones anquilosadas y gustos por las mórbidas prohibiciones; reiteración insensata de abismos insalvables. Dejo aislada la conciencia en un paraje yermo, con las voluntades adormiladas y con el rastro del olvido, aparecido de repente entre las necedades convulsivas.

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Los cumpleaños nos recuerdan que no hay marcha atrás, que el tiempo perdido ya no podremos recuperarlo. Ponen en tela de juicio la congruencia de nuestros actos y también la coherencia de nuestro proyecto de vida. Aún así, nos atrevemos a celebrar con los mejores deseos un año más en el libro abierto de nuestra existencia.       


18 febrero 2010

Fragmentos a la deriva IV


En las palabras más llanas se vierten mil sentidos, se van sumando en la recóndita fuente de la memoria, van llenando vastos espacios en blanco.
           
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Hay parajes con cierto encanto, sitios destinados a recrear el espíritu, a nutrir la paz interior que se vuelve dulce remanso en la contemplación de horizontes coloridos.

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A campo traviesa vamos dando con lugares mágicos que albergan la fuerza inédita de acercarse al centro de lo desconocido.

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Nos adentramos al umbral de los paraísos artificiales y las texturas que rivalizan para captar la atención de la mirada que se asoma impávida, pero que confirma también la fugaz hazaña.

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Los excesos a veces nos confunden haciéndonos creer que el universo gira alrededor de nosotros mismos. Qué ilusos.

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Nos persigue el tiempo y nos enfrenta con nuestras deudas pendientes; viaje en el que nos vemos envueltos sin quererlo.

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¿Cómo decimos lo que pensamos sin que los demás se ofendan y sin traicionar impunemente a la verdad?

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¿Por qué es más fácil dejarse llevar por las apariencias y juzgar a los demás en primera instancia, negándonos al conocimiento?

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¿Cómo no herir susceptibilidades en el encuentro con el otro, en la complicidad de vernos reflejados en otro par de ojos?

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Acertamos en el registro de los instantes que acompañan la sensación ufana de sabernos únicos en el acto suntuoso de mirarnos en el espejo.

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Poesía: manto de rubíes que resplandece a cuentagotas; bóveda perenne de claroscuros, aliento vital de un rumor interno.

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Súbito torbellino de sensaciones inusitadas, calor subiendo por el cuerpo inerte, oleada de escalofríos atraviesan la espalda y un dolor ligero se aloja en el nicho del alma.

17 enero 2010

Fragmentos a la deriva III



Una soledad buscada llega a instalarse con los minutos perplejos y en las gaviotas hay un entusiasmo inédito; agitando sus alas proclaman la naciente mañana.

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En el verdor de la parcela se adivinan ya entre los nutridos arbustos los primeros frutos de la cosecha, las primeras flores coloridas de una planta que ha sobrepasado las expectativas y se ha elevado airosa ante un cielo despejado de dudas o sequías, creciendo más allá de lo esperado y trayendo perfumes tersos en sus aromáticas resinas.

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Los números cabalísticos nos ponen los nervios de punta; nos predisponen a las excusas más descabelladas, a escondernos tras los pretextos menos coherentes. Creemos en su influjo sólo por no dejar de creer en algo, sólo por darle gusto a la supersticiosa estrategia de alejarnos de las fatalidades sentimentales y no tentar a la mala suerte en los terrenos del romanticismo. 

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Nos retractamos de lo dicho sin culpa alguna; sin el menor remordimiento nos damos a la tarea de aplazar los esfuerzos de vernos reconciliados y gastamos ingenuamente la energía de la que carecemos en el simple capricho de escondernos en el interior acorazado de nuestros miedos y nuestra desconfianza burda.

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La ausencia nos doblega, nos va ganando en la contienda de los afectos y los derroches de cariño sólo perduran en la esfera de los momentos eternos. Añorando una felicidad efímera nos limitamos al goce de lo cotidiano.

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Sumido en las profundidades del vacío, estiro las manos sudorosas que husmean entre sombras de un reino perdido. La voz cansada del “superyo” se rinde ante las atrevidas resoluciones del “ello”. Una promesa queda postergada entre los labios abiertos, en el paraíso recuperado a fuerza de sobresaltos, con el riesgo de quedar convertido en fragmentos a la deriva.

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Un sol amigable nos absuelve del intenso frío de las mañanas y nos reanima desde la médula de los huesos; nos arropa cálidamente para dar el salto proverbial hacia lo no hecho; fuerza que nos insta a realizar las hazañas que en días nublados no nos atrevemos y a romper de tiempo completo con las cadenas del siniestro miedo.

19 diciembre 2009

Fragmentos a la deriva II




La luz de la bella luna decembrina, con su resplandor nocturno tan parecido a la de octubre, se cierne sobre nuestras esperanzas. De pronto se hunde entre las nubes, se escabulle a un sitio oculto entre las sombras infinitas de un cielo insospechado; velo de formas deleitosas que se inscriben en las caprichosas ráfagas de viento. Más tarde, pende en el techo del firmamento la luna más radiante de todo el año.

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Entre simpatías y caras largas, los mejores momentos transcurren sin dejar huella alguna en la memoria. El único rastro visible son las fotografías que perduran guardadas en los cajones de un altero. De vez en cuando, las rescatamos para mirarlas, tocarlas y ordenarlas con cierto desdén acumulado a través del tiempo.

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Suerte de arreglos antes pactados; convenio de soledades que a pesar de los pesares buscan un complemento, sin poderse quitar bien a bien, la máscara profana bajo la cual se escudan para no sentirse vulnerables, para no evidenciar que sólo se usan porque se necesitan y que se necesitan porque se aman.

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Se rompen cielos eternos en la contemplación desinteresada de las satisfacciones ajenas. La nobleza roza levemente a la soberbia de saberse cobijado, a la instancia retrógrada de exigir a los demás lo que en principio no se está dispuesto a dar. Se nubla el entendimiento ante tanta cerrazón.

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Hacemos que los demás crean lo que nos conviene, que nos crean dueños de la imagen maquillada que ofrecemos al mundo entero, mientras en el fondo de nuestro disfraz de mil colores un ser temeroso huye de las decepciones.

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El mal humor nos transforma en seres huraños. Amargados por cada instante donde no somos abiertamente complacidos, nuestra personalidad se enturbia y toda paciencia parece insuficiente. Tal comportamiento siempre será el germen de los más serios líos.

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Desde el presentimiento más nimio, sabemos de cerca lo que siempre damos por hecho; pedimos cariño honesto sin darlo primero y exigimos recibir un “te quiero”, sin regalarlo ni ganarlo con buenos méritos.

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Al mirar hacia atrás, nos topamos con escenas de un pasado fragmentado, con las piezas de un rompecabezas inconcluso y con los afectos disipados de un corazón en ruinas. Abrigamos en el pecho los restos de mil naufragios y nos curamos las heridas mal cicatrizadas, antes de volver a aventurarnos a mar abierto por los límites de la pasión.


20 noviembre 2009

Fragmentos a la deriva





Ante la escasa inspiración, nos tomamos la libertad de plasmar lo que nos venga en gana, de proclamar el ritmo insensato de otras palabras, de otros mensajes que tomen formas diversas para indagar en el baúl de los pensamientos y ordenar con más o menos suerte, las piezas de un brumoso rompecabezas. 

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No es fácil llenar un espacio en blanco, porque es más que sólo un espacio, es toda una gama de sensaciones, ese cúmulo de recuerdos memorables que pueblan la imaginación al pensar.

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Hay quienes no se saben afortunados de estar vivos. Pasan todo el día quejándose de los sinsabores de la vida, de los desperfectos que anteponen a la dicha enorme de abrirse a la existencia sin reclamos, desde el instante matutino en el que damos nuestro primer respiro.

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Nos obligamos a cumplir nuestras palabras, a cristalizar la fuerza de voluntad en nuestros actos y a escapar del abismo hondo de las apatías; de la desinteresada forma de mirar correr la vida, sin involucrar nuestros ánimos en el cumplimiento de nuestras promesas atrevidas.

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Una amistad basada en el interés tarde que temprano termina agrietándose en el discurrir de mutuos halagos que se intercambian por compromiso. Mustia entrega que acaba fastidiando incluso a quienes gozan de un ánimo siempre cordial y compartido.

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Sentir un palpitar en el cuerpo junto a otra persona, se vuelve una exigencia. Amar otra vez es la puerta de entrada a una dicha enorme que no quisiéramos abandonar de nueva cuenta.

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Vivaz presencia, voz acaramelada, esencia cálida que se antepone a la mirada fija. Rostro de ave en la eterna búsqueda de la libertad perdida. Espíritu húmedo de transparencias rozagantes bajo el semblante de las medianías.

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Tenemos una identidad definida, pero cuando actuamos diferente, se rompe la atmósfera cotidiana de la vida. Si algo puede acabar con la tranquilidad es desconocer si nuestros actos en verdad confirman quienes pretendemos ser.

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La risa es el regalo de los dioses, anhelo concedido de mofarse de uno mismo, de obsequiar una sonrisa total y rotunda, como símbolo de la esencia virtuosa de una vida, llena de simplezas y equivocaciones, de vacíos y gratitudes, de humildad y asombro continuo.

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Los juramentos pierden credibilidad en la rústica esfera de lo espontáneo; allí se cambia de parecer cada cierto tiempo, se ajustan sin esmero las prioridades a largo plazo y se intercambian los motivos para darle paso a la desidia, mientras el valor de la victoria consiste en no darse por vencido.


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Volvemos a despertar al júbilo de antaño, a portarnos como simples niños, aceptando la capacidad de asombrarse en cada quiebre, en cada respiro. Una alegría contagiosa nos recorre el cuerpo en las vísperas de otro año nuevo. Desechamos males y nos llenamos de bendiciones y buenos deseos.


20 octubre 2009

Secreto inofensivo





De pronto suena el teléfono, hago una pausa, me levanto de la sala y me disculpo mientras me alejo para escuchar quién habla del otro lado de la línea. Se trata ni más ni menos que de Cecilia, una amiga que conocí en un lugar llamado La vecindad, durante un evento de videoarte y música improvisada.

Me pregunta en dónde estoy, le contesto que en mi casa y acto seguido dice que si me parece bien me invita a cenar. Rápidamente me explica cómo dar con el departamento de su mejor amiga y acepta que nos veamos dentro de media hora.

Llego al rumbo de Santa María La Ribera, tomo el primer taxi que pasa desocupado y avanzamos por la calle de Magnolias. Después de varias cuadras, corroboro la dirección y entonces la miro asomándose por la ventana. Aquí me bajo, le digo al chofer, indicándole que se detenga.

Al saludarnos efusivamente, me pregunta por qué tardé tanto y cuando subimos las escaleras observo que Mari Carmen y su novio ya están cenando. En la mesa hay un plato de espagueti, otro de rabioles, una charola de camarones rellenos y para beber una jarra de clericot.

Me presenta con ellos y nos sentamos juntos. La dejo hablar mientras veo el florero con rosas en medio de la mesa y siento la mirada inquieta sus amigos. Cecilia me dice que su hermana está con Germán en una fiesta de cumpleaños. Le acaban de hablar por teléfono para saber si los acompañaría, pero ya es tarde, la celebración queda muy lejos y además me confiesa que ya les había dicho que no tenía muchas ganas.

Hablamos del calor que está haciendo últimamente, aún en las noches, y que a veces hay que dormir con un ventilador al lado de la cama. Cecilia dice que a ella así le gusta el clima y a mí me parece que la oleada de altas temperaturas se está alargando para darnos una muestra de su condición cada vez menos predecible.

Todo lo que prepararon está delicioso y el clericot con hielo resulta sumamente refrescante. Terminamos de cenar platicando de cine, en especial de las películas españolas, del sex appeal de Penélope Cruz y de la otra guapa que sale con ella en una cinta que nadie puedo recordar cómo se llamaba.

Mari Carmen propuso que viéramos "La maldición de la perla negra", con Johnny Deep, nominado al Oscar por el papel del pirata Jack Sparrow y al parecer, uno de sus actores favoritos. La otra alternativa era "Japón", una película mexicana que tuvo buenas críticas de los especialistas, aunque pasó casi desapercibida para el público.

Luego de una pequeña votación nos decidimos finalmente por la primera. Julio apaga el reproductor de música tras encender la televisión, mientras Cecilia y yo vamos a la cocina bajo el pretexto de preparar las palomitas. Nos besamos súbitamente como anticipo del encuentro que más tarde tendríamos en la habitación contigua.

Antes de ver el final, los novios se fueron quedando vencidos por el sueño, como quienes duermen con la tranquilidad de saberse bien acompañados. Me quedé inmóvil hasta que aparecieron los créditos de la película y después nos fuimos a acostar tratando de no hacer mucho ruido. No sé por qué, pero cuando me despedí a la mañana siguiente, no quise decirles que ya la había visto. A lo mejor ellos también, pero eso era lo de menos.

20 septiembre 2009

Mutismo absoluto





Jamás te cruzó por la mente que pudieran secuestrarte. Salías del bar cuando te cortaron el paso, amenazaron con disparar sus armas y te rodearon hasta dejarte sin escapatoria. En seguida, te anestesiaron para dejarte inconsciente. Nadie te auxilió porque cuando te interceptaron, las calles de la ciudad estaban completamente desoladas. Desconoces a dónde te han llevado, así como el tiempo que ha transcurrido desde tu captura. 

Ahora te sientes desfallecer por la sed y el hambre, pero ni siquiera puedes moverte; tienes los brazos y las piernas atadas con gruesas cadenas. Escuchas pasos en el techo del sitio donde te mantienen recluido. Quizás sean tus captores negociando el monto del rescate. —Tan pronto me saquen de aquí, los voy a denunciar a todos y se van a refundir en la maldita cárcel— les gritas, con ganas de escupirles en el rostro. Entre forcejeos, te inyectan otra dosis de la misma droga, amenazándote de muerte si no cooperas con ellos.

Minutos después, todavía alcanzas a reconocer el motor de un automóvil que se aleja, mientras tus aullidos de dolor se pierden en aquel abismo subterráneo. Sufres el desconcierto de hallarte atrapado en los rincones de ese universo desconocido. De pronto, percibes las sombras de criaturas que deambulan sin descanso en esa fantasmal atmósfera.


Bajo el estado alucinante de la demencia, te envuelve el silbido del viento colándose por los resquicios, tan parecido a los lamentos de las almas sentenciadas. Resuenan ecos en lugares inhóspitos; te atormentan los ruidos de las ratas vagando por las alcantarillas. Eres presa del torbellino estremecedor que se acentúa en tu propia psique, perseguida por ese ejército de seres siniestros que te obligan a rezar silenciosamente.

Vislumbras una silueta abominable que yace sumergida en las profundidades de las tinieblas, pero te das cuenta que se trata del cadáver inerte de otra víctima como tú. Entonces cierras los ojos y se apodera de ti una sensación aterradora. Olores fétidos flotan desde donde nada se puede ver e inevitablemente, te sientes sofocado como si estuvieras adentro de un féretro.

Súbitamente, el equipo especial antisecuestros atrapa in fraganti a tus agresores. Derriban la puerta del sótano, te incorporan de inmediato y te liberan del encierro. Por un instante, te domina la incertidumbre, quieres correr, pero te sientes paralizado. Tan sólo buscas articular una palabra para agradecerles por salvarte. Luego de varios intentos que resultan inútiles, descubres lo peor y quedas atónito. Tus miserables verdugos te han mutilado la lengua, dejándote sumido en un mutismo absoluto.


19 septiembre 2006

CARTAS AL VUELO VII La palabra puerta

Tener noticias tuyas es como abrir una ventana. Enterarme de algo más que desconocía a través de lo que me cuentas es impagable. Es como dar marcha atrás a los bellos instantes que tuvimos y lanzarse a los recuerdos buenos donde está el amor, donde estás tú, con las grandes lealtades y las grandes traiciones.
Gracias a la movilidad imaginativa de la mente es impresionante la facilidad de revivir y ampliar el pasado tanto como se quiera. Es ahí donde está lo que uno pudo hacer y no hizo, y también lo que uno pudo no hacer y sí hizo, es decir, la encrucijada en la que los caminos elegidos fueron desafortunados.
En la película que pasa frente a mí se proyectan escenas inquietantes; se muestra cómo habría sido nuestra historia si se hubiera tomado el otro rumbo, justo aquel que quedó descartado... Los grandes espacios en blanco son por lo regular episodios de abatimiento, que en otra acepción también son provechosos.
Usualmente, luego de soportar las repeticiones de la permanencia involuntaria, suspendo la función y pienso que el camino elegido no fue tan equivocado y que acaso, si se presentaran las mismas situaciones, la elección sería la misma. Con variantes, claro. Con menos ingenuidad, por supuesto. Con más templanza, por las dudas.
En los últimos tiempos antes de la obligada separación, todo sucedió tan atropelladamente, en medio de tantas tensiones, rodeados por tantas implacables urgencias, por tantas decisiones a tomar, que no había ni tiempo ni ánimo para la reflexión, para pensar y repensar sobre nuestros pasos.
Ahora sí hay tiempo, demasiado tiempo, demasiados insomnios, demasiadas noches de estar soñando con tu sombra. La tendencia natural es preguntarse para que sirve esta meditación tardía, atrasada, anacrónica, inútil. Y sin embargo, sirve.
La ventaja de este tiempo baldío es la posibilidad de madurar, de ir conociendo los propios límites, las propias debilidades y fortalezas; de ir acercándose a la verdad sobre uno mismo, de no hacerse ilusiones acerca de objetivos que uno nunca podría lograr, y en cambio, aprontar el ánimo, preparar la actitud, entrenar la paciencia, para conseguir lo que algún día sí puede estar al alcance.
En estas peculiares condiciones, voy desmenuzando lo que quise y lo que quiero, lo que hice y lo que haré. Sí, tener noticias tuyas es como abrir una ventana, pero entonces me vienen unas ganas casi incontenibles de abrir más ventanas y, lo que es más grave (qué locura), de abrir una puerta. Y ésta, me contempla férrea, cruel, durísima, sin hacerme ninguna promesa ni darme ninguna esperanza y siempre cerrándose en mis narices.
A veces tenemos con nosotros la respuesta esperada, pero no siempre es suficiente porque pareciera que no podemos cambiar los hechos de la vida. Yo sé que para llegar a ti es imprescindible traspasar la palabra puerta.
Sin embargo, pareciera que estoy condenado a ver las espaldas de esa puerta, su lomo hostil, inexpugnable, concretísimo, pero no tan sólido como un buen argumento o como una buena razón.
Tener noticias tuyas es como abrir una ventana, pero quizá no sea aún como abrir una puerta. Si repito la palabra puerta es porque una puerta significa, literal y metafóricamente, muchas cosas.
Cuando está cerrada es la clausura, la prohibición, el silencio, la rabia contenida. Si se abriera (no para un recreo, sino para todos ellos) sería la reparación de las ilusiones perdidas; de los olores, de los sabores, de los sonidos, de tu imagen clara y del tacto libre para recorrerte.
Sería por ejemplo, la recuperación de tus brazos y de tu boca y de tu cabello. Pero para qué darle vueltas a una cerradura que no cede, que se ha vuelto inconmovible. A pesar de todo, no me dejo vencer, organizo una campaña anticlausura, te escribo cartas considerando los pros y los contras, donde sigo autocensurándome pero soy más osado; o mastico breves monólogos como éste que ni siquiera garantiza exorcizar nuestros males.
Aún así, tenemos derecho de jugar al futuro y, por supuesto, en ese juego de azar siempre nos guardamos un naipe bajo la manga, o reservamos un jaque mate que no malgastamos, sino en la gran ocasión donde es requerido.
Por eso, los matices más destacables y positivos de esa campaña, son el poder hacernos promesas, el poder darnos esperanzas (no las increíbles y triunfalistas, sino las austeras y verosímiles), o el poder imaginar que abrimos la puerta al mismo tiempo para encontrarnos nuevamente.

CARTAS AL VUELO VI De mi parte

Esta noche estoy solo por lo que puedo reflexionar mejor. Aprovecho para escribirte porque hay luna llena, que es como un bálsamo que siempre me tranquiliza. Resuelto a hacerte señas desde este páramo, se desprenden estas imprudencias, arriesgándolo todo, poniéndolo aquí en blanco y negro, descartando la posibilidad de platicarlo, porque ya no puedo llevarlo a solas.
Es curioso. Cuando uno está intensamente enamorado e imagina que, por algún motivo, puede sufrir una decepción, piensa que no aguantará, que eso sería sencillamente insoportable. No obstante, puede llegar a serlo. Al menos yo lo he soportado.
No niego haber pasado momentos de desesperación, en los que el resultado es una larga jornada de evocaciones multiplicada por miles de días. Sin embargo, el cuerpo pareciera ser más adaptable que la voluntad. Es el primero en acostumbrarse a otros horarios, a otras posturas, al nuevo ritmo de sus necesidades, a su nuevo hacer y su nuevo no hacer.
Si tienes una pareja, verás que es un intruso que poco a poco se va convirtiendo en interlocutor. Lo difícil es cuando las prioridades no coinciden, cuando el otro te contagia las suyas, o tú le contagias las tuyas. O también puede ocurrir que se oponga resueltamente y esa resistencia origine un choque verbal, un enfrentamiento.
En esos casos, la condición de estar inconformes exacerba los ánimos, hace pronunciar agravios irreparables que enseguida agudizan su significado por el mero hecho de que la presencia del otro es obligatoria y por tanto inevitable.
Es entonces cuando esa compañía que se vuelve embarazosa y tensa lo deteriora a uno mucho más, y más rápidamente, que una absoluta soledad. Por eso, uno se desacostumbra para no caerse en pedazos, para no derrumbarse, aunque luego, la reconciliación aparente ser inadmisible.
Yo creo saber lo que poseo, pero me cuesta trabajo entrar en los pliegues de esta historia, en las carencias que me conducen directo al desamor. Y es que sólo nos limitamos a dos respuestas posibles, aunque bien sabemos cuántos matices puede haber entre una y otra.
De modo que no tengo respuesta a ningún cuestionamiento tuyo, sencillamente porque carezco de tus preguntas. Pero yo sí tengo algunas que, dicho sea de paso, no te formulo para no tentarte a que (en broma, o lo que sería más grave, en serio) me digas: “ya no”.
¿Será que la mujer, para mantener firme su amor, precisa, más que la existencia, la presencia física del hombre? No es un secreto ni una revelación. No lo había comprendido, pero lo confirmé cuando vi en tus ojos complacientes la dimensión de nuestra derrota, que no será total, pero es derrota.
Aunque temo que debo confesarte que pese a mi capacidad de adaptación, ni mi cuerpo ni mi ánimo se han acostumbrado por completo a tu lejanía porque hasta hoy, no necesito esforzarme en armar un biombo para pensar en ti.
Siempre hay momentos del día, en que tus recuerdos me zarandean y todas tus imágenes se concentran en tu cuerpo y en el mío haciendo el amor. Aunque eso no siempre me hace bien porque pasa a ser una constancia dolorosa de tu ausencia; o de la mía.
Cuando recapitulo, nos veo en un silencio a dos voces, pronunciando lacónicos monosílabos para llenar nuestros encuentros de pretéritos mutuos donde no hay nada que explicar; donde las manos deseosas pueden andar sin palabras, y llegar a ser elocuentísimas al remolcar su convoy de sobreentendidos.
Primero disfruto en el vacío. Gozo angustiosa y mentalmente. Luego me deprimo y como consecuencia del desaliento ando cabizbajo. Así que para salir a flote me obligo a incorporar otras reminiscencias que también nos atañen, que son tan valiosas y decisivas como el roce de nuestros cuerpos.
Cómo me gustaría caminar por las calles que recorres, para tener ahora algo en común contigo... Sabes, quizá debería borrar esta última frase, por pensar que estoy dolido acaso, de alguna extraña manera, por culpa tuya.
Con la franqueza miserable de verte a través de los barrotes de un amor ajeno, me siento estrujado, perdido. Como jadeante, pero sin jadeo. Como si me viera desde lejos en un escaparate, y mi propia imagen fuera la de un maniquí, que para hacerlo más ridículo, únicamente le hubieran dejado puesta una corbata.
Si la frase sobrevive, te darás cuenta cómo añoro esa suma de circunstancias que nos mantenían juntos. Yo mismo me asombro de no tacharla, aunque si para ti es un vano intento que no debiera sobrevivir, no te preocupes. Sólo date besos y besos, de mi parte.

18 septiembre 2006

CARTAS AL VUELO V Siempre hasta el final

Asimilando la dulce verdad de mis dolores, encuentro tus rasgos inamovibles, conservados casi intactos por el curador más experto de todos; por el pensamiento obsesivo de tenerte conmigo, a todas horas, justo aquí, en el ardor de mis pasiones.
Puedo sobrevivir a cualquier clase de penurias tan sólo con evocar tu voz; esa es mi cura, esa es la esperanza que perdura aunque de mi se vayan los minutos, las horas y los gratos momentos que pudimos haber pasado juntos. Sé bien que el amor no tiene cura, que no hay quien escape a este bendito mal; eterno maleficio, embeleso compartido, desahuciada terquedad.
Si no te hubieras ido tan pronto seguiría acariciando la idea de hundirme en tu cabello, esperando un mordisco tuyo que se hundiera en mi piel adormecida; pues cuando te fuiste me dejaste en ascuas, con el espíritu oprimido, con las ansias de verte a todas horas y en todos mis caminos.
Vislumbrando la silueta de tus senos, quiero palpar las consecuencias últimas del acto amoroso, hasta cumplir la paradoja de ser dos en uno; zarandear el aliento de nuestra mortalidad, hasta que se nos escapen las fuerzas gozosas que nos mantenían en un nudo metafísico; vibrando fusionados en toda su cabalidad.
Tiene tanto que no se de ti; tan sólo unas largas horas, un ocaso de ayeres removidos, unos días que terminan en vigilia. Los instantes en que te extraño se amontonan en una pila enorme, con el último de ellos en la punta de la cima, conservando a la distancia un perfecto equilibrio.
Si la ilusión de vivir de amor es real, si perdura la convicción de que se aprehenderá, ningún sacrificio que se lleve a cabo podrá acabar con su naturaleza, pues el verdadero amor trasciende el apego y lo único realizable en la sensatez de esta fascinación locuaz, es seguir enamorados, siempre hasta el final.

CARTAS AL VUELO IV Sobre todas las cosas

Retraído de lo mundano, dando vueltas y con el pecho palpitante, sigo extrañándote a cada rato sin que lo sepas, en espera de la noche en que llegarás. No me desalienta saber que tal vez pase mucho tiempo, pues merced a la tenacidad que exigen las grandes hazañas, dejarás de ser la que se fue, y serás la mujer venida a mi corazón, desde las lejanías hurañas de otro continente.
Pero te pido que me escribas, necesito encontrarte en el goce de las reveladoras palabras, saberte tan cerca como cuando apareces en mis sueños más inquietos y lucho en los reinos de Morfeo para no despertarme, para retener esa imagen tuya, para no dejarte ir de la onírica obsesión de sentirte a mi lado mientras duermo.
Regálame una pizca de tu tiempo, deja que el ocaso caiga en la candidez de tus ideas, hasta perderte en la lógica difusa de los eternos enamorados y luego déjame permanecer allí, resucitando en la soberana forma que tienes para afrontar las pasiones, sin padecer los efectos del arrepentimiento.
Eres insistente ante mis más hondas divagaciones, pues de algún modo estás ahí, rondando mi espacio terreno como si a lo lejos me vigilaras, como si intentaras seducirme entre murmullos. Eres la raptora de todos mis recuerdos, dueña del conjunto de mis arrebatos y merecedora de las muestras de mi afecto. Deseando a cambio sólo uno de tus delicados besos, mi ruego es un ápice del placer apurado donde me uno a ti surcando los confines del inusitado firmamento.
Lo que falta aún, las certidumbres que nadie sabe, las piedras preciosas que perduran encapsuladas en algún lugar, continuarán mostrando el lado oculto de la adoración y reverencia que ahora profesamos, en espera de una combinación probable, del cruce azaroso donde un mismo destino sea el eje de nuestros caminos. Entonces me tendrás tan cerca de ti como lo desees y yo te amaré sobre todas las cosas reales o inexistentes.

CARTAS AL VUELO III El acto más involuntario

La mejor manera de llenarnos de momentos dulces, es volcarnos hacia atrás; ese es nuestro único recurso para reencontrarnos, para rescatarnos y contarnos con nuestras propias palabras cómo fue lo sucedido. Llenando páginas que mucho antes estaban en blanco, vamos recuperando la gravidez casi exacta de lo que se fue formando desde aquella merecida tarde en la que nos conocimos. Como decía Milan Kundera, la vida está en otra parte; la nuestra está ahora en estas palabras, pero no hay que olvidar que nomos seres humanos, y que nosotros aunque somnolientos, estamos llenos de ellas y también estamos hechos de suspiros. Amor surgido desde lejos; así entiendo a este extraño sentimiento como el elixir humeante de los abandonados que miran los contornos de la luna, sin juramento alguno, mas que el de concebirse en el cedazo de su piel. A mis noches sin ti les sobra lecho; pensar lícita o ilícitamente siempre y cuando seas tú el motivo, es lo que me vuelve eterno. Me he enamorado de una mujer inconveniente, no sé si deba callarlo, pero me atrevo a escribirlo con todos sus bemoles, y sigo pensando en el escenario idílico en que yo pudiera tenerle. Habitas en el territorio de los más bellos sueños; de ahí vienes y de ahí te vas; ese es tu ombligo, el origen que debieras compartir conmigo, y dejarme algún día volver a besarte en el recuerdo socavado, como la primera vez y por mil veces más, hasta alcanzar a tatuar su centro inacabado. Cuando transeúntes y amigos me hablan de ese ánimo increíble y deseado, de esa pasión transfigurada en la propia piel, en absoluto me parece detalle trascendente. En cambio, no me cuesta trabajo aceptar que hablar a todos de ti, se me ha hecho el acto más involuntario desde que conmigo ya no estás.
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