Textos de varia invención. Hechos de ayer y ahora que forman parte del presente continuo. Vivencias reales y ficticias sin orden aparente, pero con la firme secuencia del transcurrir del tiempo.
Nube le hacía
honor a su nombre. A sus quince años, le bastaba con cerrar sus melancólicos ojos, para abrir los del alma.
Entonces se dejaba llevar, relajándose por completo en esa dimensión donde las
leyes de gravedad actuaban de otro modo. Y es que si ella lo disponía, era
capaz de levitar por los aires.
De repente, sus pies se iban elevando hasta
conseguir cierta altura, extendía los brazos cual si fuera un ave de alas
amplias y recorría parajes inexplorados guardando en su memoria hermosas vistas
panorámicas. Era fantástico volar en medio de colinas montañosas, surcando desde
esa distancia las tormentas hasta mirar los océanos como una diminuta piscina.
Desde allí podía ascender hasta la luna llena,
mantenerse flotando con cierto asombro y sentarse encima de algún cráter para
contemplar el ancho horizonte, mientras acariciaba la textura de su brillante
superficie. Eso le permitía sentirse libre, independiente y si así lo deseaba, a
salvo de cualquier tipo de obstáculos.
Definitivamente, no le gustaba el mundo en el
que vivía. Era mejor huir de la violencia, de la inseguridad de las calles, las
malditas guerras y de su cruda realidad cotidiana; esa gris habitación de
paredes heladas cuyos rincones estaban repletos de quejas, frustraciones y
montones de objetos en desorden. Es por eso que cada noche volvía a sentirse cerca
del cielo, en el satélite natural del planeta tierra, más allá de la brumosa
atmósfera, rodeada de sombrillas imaginarias y mariposas amarillas.
Pero al abrir los ojos, estaba de nuevo en su
sitio, custodiada por los barrotes oxidados de su ventana, rumiando el recuerdo de
Lluvia, su hermana gemela, quien meses antes la había abandonado para siempre
al ser atropellada por un auto.
Discutimos con más ahínco aún cuando
sabemos que no hacemos lo correcto, incluso vociferamos, un tanto absurdos y
tercos; gritamos y nos negamos al verdadero entendimiento.
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En la confusa suerte de hallarnos
separados, las obligaciones continúan absorbiendo nuestra atención y nos restan
posibilidades de reunir nuestros destinos, si no acostumbramos luchar por lo
que queremos. Lo incierto cobra importancia, sobre todo cuando huyes a nuestro
encuentro. El amor renace con la proximidad de las almas que se buscan desde la
nada.
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Conseguir la llave de tu corazón es
la mayor tentativa; adentrarse en la esencia amorosa y tamizar con esa fuerza
única todos los sentidos; vía precisa que conduce al castillo de los anhelos
incumplidos.
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Algo extraño nos inquieta en los
sueños; el ruego desmedido de verte aparecer en alguno de ellos, el sentir tan
sólo que me rondas, que en la madrugada te presiento, cuando un calor intenso y
repentino me obliga a dejar de abrazar la almohada mientras reacomodo este
cuerpo que te extraña.
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De diez sueños que tenga, en once
estarás tú. De mis más hondas ilusiones estarás prendada, por el cariño que ha
crecido, por el respiro que le has dado a mi alma, por las palabras sinceras
que me has regalado cuando más lo necesitaba. Porque de mis anhelos eres la luz
que los mantiene ardiendo sin agotarse.
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Tinta malgastada, luz recóndita que
pierde su brillo; acto inclemente de apagar malentendidos y de proclamarle a la
vida otro poco más de cariño. Engaño convenido por la carencia afectiva, rumor
que deshace el vacío, caricia fabricada para los dolores míos.
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Ante el vacío de los vicios
repetitivos, se revelan antiguas obsesiones anquilosadas y gustos por las
mórbidas prohibiciones; reiteración insensata de abismos insalvables. Dejo
aislada la conciencia en un paraje yermo, con las voluntades adormiladas y con
el rastro del olvido, aparecido de repente entre las necedades convulsivas.
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Los cumpleaños nos recuerdan que no
hay marcha atrás, que el tiempo perdido ya no podremos recuperarlo. Ponen en
tela de juicio la congruencia de nuestros actos y también la coherencia de
nuestro proyecto de vida. Aún así, nos atrevemos a celebrar con los mejores
deseos un año más en el libro abierto de nuestra existencia.
En las palabras más llanas se
vierten mil sentidos, se van sumando en la recóndita fuente de la memoria, van
llenando vastos espacios en blanco.
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Hay parajes con cierto encanto, sitios
destinados a recrear el espíritu, a nutrir la paz interior que se vuelve dulce
remanso en la contemplación de horizontes coloridos.
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A campo traviesa vamos dando con
lugares mágicos que albergan la fuerza inédita de acercarse al centro de lo
desconocido.
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Nos adentramos al umbral de los
paraísos artificiales y las texturas que rivalizan para captar la atención de
la mirada que se asoma impávida, pero que confirma también la fugaz hazaña.
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Los excesos a veces nos confunden
haciéndonos creer que el universo gira alrededor de nosotros mismos. Qué
ilusos.
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Nos persigue el tiempo y nos
enfrenta con nuestras deudas pendientes; viaje en el que nos vemos envueltos
sin quererlo.
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¿Cómo decimos lo que pensamos sin
que los demás se ofendan y sin traicionar impunemente a la verdad?
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¿Por qué es más fácil dejarse
llevar por las apariencias y juzgar a los demás en primera instancia,
negándonos al conocimiento?
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¿Cómo no herir susceptibilidades
en el encuentro con el otro, en la complicidad de vernos reflejados en otro par
de ojos?
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Acertamos en el registro de los
instantes que acompañan la sensación ufana de sabernos únicos en el acto
suntuoso de mirarnos en el espejo.
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Poesía: manto de rubíes que
resplandece a cuentagotas; bóveda perenne de claroscuros, aliento vital de un
rumor interno.
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Súbito torbellino de sensaciones
inusitadas, calor subiendo por el cuerpo inerte, oleada de escalofríos
atraviesan la espalda y un dolor ligero se aloja en el nicho del alma.
Una soledad buscada llega a
instalarse con los minutos perplejos y en las gaviotas hay un entusiasmo inédito;
agitando sus alas proclaman la naciente mañana.
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En el verdor de la parcela se
adivinan ya entre los nutridos arbustos los primeros frutos de la cosecha, las
primeras flores coloridas de una planta que ha sobrepasado las expectativas y
se ha elevado airosa ante un cielo despejado de dudas o sequías, creciendo más
allá de lo esperado y trayendo perfumes tersos en sus aromáticas resinas.
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Los números cabalísticos nos
ponen los nervios de punta; nos predisponen a las excusas más descabelladas, a
escondernos tras los pretextos menos coherentes. Creemos en su influjo sólo por
no dejar de creer en algo, sólo por darle gusto a la supersticiosa estrategia
de alejarnos de las fatalidades sentimentales y no tentar a la mala suerte en
los terrenos del romanticismo.
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Nos retractamos de lo dicho sin
culpa alguna; sin el menor remordimiento nos damos a la tarea de aplazar los
esfuerzos de vernos reconciliados y gastamos ingenuamente la energía de la que
carecemos en el simple capricho de escondernos en el interior acorazado de
nuestros miedos y nuestra desconfianza burda.
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La ausencia nos doblega, nos va
ganando en la contienda de los afectos y los derroches de cariño sólo perduran
en la esfera de los momentos eternos. Añorando una felicidad efímera nos
limitamos al goce de lo cotidiano.
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Sumido en las profundidades del
vacío, estiro las manos sudorosas que husmean entre sombras de un reino perdido.
La voz cansada del “superyo” se rinde ante las atrevidas resoluciones del
“ello”. Una promesa queda postergada entre los labios abiertos, en el paraíso
recuperado a fuerza de sobresaltos, con el riesgo de quedar convertido en
fragmentos a la deriva.
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Un sol amigable nos absuelve del
intenso frío de las mañanas y nos reanima desde la médula de los huesos; nos
arropa cálidamente para dar el salto proverbial hacia lo no hecho; fuerza que
nos insta a realizar las hazañas que en días nublados no nos atrevemos y a
romper de tiempo completo con las cadenas del siniestro miedo.
La luz de la bella luna decembrina, con su resplandor nocturno tan
parecido a la de octubre, se cierne sobre nuestras esperanzas. De pronto se
hunde entre las nubes, se escabulle a un sitio oculto entre las sombras
infinitas de un cielo insospechado; velo de formas deleitosas que se inscriben
en las caprichosas ráfagas de viento. Más tarde, pende en el techo del
firmamento la luna más radiante de todo el año.
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Entre simpatías y caras largas, los mejores
momentos transcurren sin dejar huella alguna en la memoria. El único rastro
visible son las fotografías que perduran guardadas en los cajones de un altero.
De vez en cuando, las rescatamos para mirarlas, tocarlas y ordenarlas con
cierto desdén acumulado a través del tiempo.
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Suerte de arreglos antes pactados; convenio de soledades
que a pesar de los pesares buscan un complemento, sin poderse quitar bien a
bien, la máscara profana bajo la cual se escudan para no sentirse vulnerables,
para no evidenciar que sólo se usan porque se necesitan y que se necesitan
porque se aman.
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Se rompen cielos eternos en la contemplación
desinteresada de las satisfacciones ajenas. La nobleza roza levemente a la
soberbia de saberse cobijado, a la instancia retrógrada de exigir a los demás
lo que en principio no se está dispuesto a dar. Se nubla el entendimiento ante
tanta cerrazón.
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Hacemos que los demás crean lo que nos
conviene, que nos crean dueños de la imagen maquillada que ofrecemos al mundo
entero, mientras en el fondo de nuestro disfraz de mil colores un ser temeroso
huye de las decepciones.
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El mal humor nos transforma en seres huraños.
Amargados por cada instante donde no somos abiertamente complacidos, nuestra
personalidad se enturbia y toda paciencia parece insuficiente. Tal comportamiento
siempre será el germen de los más serios líos.
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Desde el presentimiento más nimio, sabemos de
cerca lo que siempre damos por hecho; pedimos cariño honesto sin darlo primero
y exigimos recibir un “te quiero”, sin regalarlo ni ganarlo con buenos méritos.
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Al mirar hacia atrás, nos topamos con escenas
de un pasado fragmentado, con las piezas de un rompecabezas inconcluso y con
los afectos disipados de un corazón en ruinas. Abrigamos en el pecho los restos
de mil naufragios y nos curamos las heridas mal cicatrizadas, antes de volver a
aventurarnos a mar abierto por los límites de la pasión.
Ante la escasa inspiración, nos tomamos la libertad de plasmar lo que
nos venga en gana, de proclamar el ritmo insensato de otras palabras, de otros
mensajes que tomen formas diversas para indagar en el baúl de los pensamientos
y ordenar con más o menos suerte, las piezas de un brumoso rompecabezas.
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No es fácil llenar un espacio en blanco, porque es más que sólo un
espacio, es toda una gama de sensaciones, ese cúmulo de recuerdos memorables
que pueblan la imaginación al pensar.
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Hay quienes no se saben afortunados de estar vivos. Pasan todo el día
quejándose de los sinsabores de la vida, de los desperfectos que anteponen a la
dicha enorme de abrirse a la existencia sin reclamos, desde el instante
matutino en el que damos nuestro primer respiro.
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Nos obligamos a cumplir nuestras palabras, a cristalizar la fuerza de
voluntad en nuestros actos y a escapar del abismo hondo de las apatías; de la
desinteresada forma de mirar correr la vida, sin involucrar nuestros ánimos en
el cumplimiento de nuestras promesas atrevidas.
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Una amistad basada en el interés tarde que temprano termina
agrietándose en el discurrir de mutuos halagos que se intercambian por
compromiso. Mustia entrega que acaba fastidiando incluso a quienes gozan de un
ánimo siempre cordial y compartido.
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Sentir un palpitar en el cuerpo junto a otra persona, se vuelve una
exigencia. Amar otra vez es la puerta de entrada a una dicha enorme que no
quisiéramos abandonar de nueva cuenta.
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Vivaz presencia, voz acaramelada, esencia cálida que se antepone a la
mirada fija. Rostro de ave en la eterna búsqueda de la libertad perdida.
Espíritu húmedo de transparencias rozagantes bajo el semblante de las
medianías.
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Tenemos una identidad definida, pero cuando actuamos diferente, se
rompe la atmósfera cotidiana de la vida. Si algo puede acabar con la
tranquilidad es desconocer si nuestros actos en verdad confirman quienes
pretendemos ser.
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La risa es el regalo de los dioses, anhelo concedido de mofarse de uno
mismo, de obsequiar una sonrisa total y rotunda, como símbolo de la esencia
virtuosa de una vida, llena de simplezas y equivocaciones, de vacíos y
gratitudes, de humildad y asombro continuo.
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Los juramentos pierden credibilidad en la rústica esfera de lo
espontáneo; allí se cambia de parecer cada cierto tiempo, se ajustan sin esmero
las prioridades a largo plazo y se intercambian los motivos para darle paso a
la desidia, mientras el valor de la victoria consiste en no darse por vencido.
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Volvemos a despertar al júbilo de antaño, a portarnos como simples
niños, aceptando la capacidad de asombrarse en cada quiebre, en cada respiro.
Una alegría contagiosa nos recorre el cuerpo en las vísperas de otro año nuevo.
Desechamos males y nos llenamos de bendiciones y buenos deseos.
Egresado de la UNAM. Invitado del Segundo Encuentro Latinoamericano de Escritores. Estado de ánimo: agitación creativa. Cualidades: el ingenio y la honradez.
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Angélica López Gándara reseña Huesos de San Lorenzo en Siglo Nuevo, revista
catorcenal de El Siglo de Torreón. Aquí la liga:
http://www.elsiglodetorreon.co...
"La literatura es una extraña máquina que traga, que absorbe todos los placeres, todos los acontecimientos de la vida. Los escritores son vampiros." George Bernard Shaw.
"La primera línea de un poema es un halcón que no deja escapar a su presa." Gabriel Preil.
"La escritura no es producto de la magia, sino de la perseverancia." Richard North Patterson.
"El ´creador´ y el ´editor´ -las dos mitades de todo escritor- deben dormir en piezas separadas." Judith Guest.
"Las palabras constituyen la droga más potente que haya inventado la humanidad." Rudyard Kipling.
"Para mí, el mayor placer de la escritura no es el tema que se trate, sino la música que hacen las palabras." Truman Capote.
"Escribir con sencillez es tan difícil como escribir bien." W. Somerset Maugham.
"No es obligatorio sufrir para ser un poeta. La adolescencia ya es bastante dolorosa para cualquiera."John Ciardi.
"Cuando estoy lista para comenzar a escribir un libro, empiezo por el final." Marcia Davenport.
"Cuando necesito leer un libro, lo escribo." Benjamín Disraeli.
"Una historia funciona cuando contiene bombas de tiempo dispuestas a estallar en la próxima página." Gordon R. Dickson.
"Somos lo que hacemos repetidamente. La excelencia, entonces, no es un acto. Es un hábito." Aristóteles.
"La cosa por decir, dila." Robert Graves.
"Las correcciones hechas durante el proceso de creación son, por lo general, excusas para no seguir adelante." John Steinbeck.
"Las palabras son todo lo que tenemos." Samuel Beckett.
"Mi objetivo como escritor es desaparecer dentro de la voz de mi historia, convertirme en esa voz." Michael Dorris.
"Las primeras oraciones son puertas a mundos." Ursula K. Le Guin.
"El primer párrafo es el último disfrazado." Richard Peck.
"Porque la poesía es pura contradicción; el amor en la poesía anhela la unidad y se revuelve contra ella, vive en la dispersión y se aflige. Llora por lo que no quiere dejar y se rebela contra lo que le salvaría". María Zambrano.
"¿Que por qué soy escritor? ...porque presenté el examen de admisión a la realidad y reprobé". Andrés Castuera-Micher
"A nadie se le puede enseñar a escribir artísticamente, pero a un escritor se le puede abreviar el camino hacia sí mismo, hacia su técnica y su propio estilo, si se le ayuda a distinguir entre el lenguaje vivo y las palabras muertas".Juan José Arreola