11 abril 2010

Mundo paralelo


Nube le hacía honor a su nombre. A sus quince años, le bastaba con cerrar sus melancólicos ojos, para abrir los del alma. Entonces se dejaba llevar, relajándose por completo en esa dimensión donde las leyes de gravedad actuaban de otro modo. Y es que si ella lo disponía, era capaz de levitar por los aires.

De repente, sus pies se iban elevando hasta conseguir cierta altura, extendía los brazos cual si fuera un ave de alas amplias y recorría parajes inexplorados guardando en su memoria hermosas vistas panorámicas. Era fantástico volar en medio de colinas montañosas, surcando desde esa distancia las tormentas hasta mirar los océanos como una diminuta piscina.

Desde allí podía ascender hasta la luna llena, mantenerse flotando con cierto asombro y sentarse encima de algún cráter para contemplar el ancho horizonte, mientras acariciaba la textura de su brillante superficie. Eso le permitía sentirse libre, independiente y si así lo deseaba, a salvo de cualquier tipo de obstáculos.  

Definitivamente, no le gustaba el mundo en el que vivía. Era mejor huir de la violencia, de la inseguridad de las calles, las malditas guerras y de su cruda realidad cotidiana; esa gris habitación de paredes heladas cuyos rincones estaban repletos de quejas, frustraciones y montones de objetos en desorden. Es por eso que cada noche volvía a sentirse cerca del cielo, en el satélite natural del planeta tierra, más allá de la brumosa atmósfera, rodeada de sombrillas imaginarias y mariposas amarillas. 

Pero al abrir los ojos, estaba de nuevo en su sitio, custodiada por los barrotes oxidados de su ventana, rumiando el recuerdo de Lluvia, su hermana gemela, quien meses antes la había abandonado para siempre al ser atropellada por un auto. 

13 marzo 2010

Fragmentos a la deriva V



Discutimos con más ahínco aún cuando sabemos que no hacemos lo correcto, incluso vociferamos, un tanto absurdos y tercos; gritamos y nos negamos al verdadero entendimiento.

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En la confusa suerte de hallarnos separados, las obligaciones continúan absorbiendo nuestra atención y nos restan posibilidades de reunir nuestros destinos, si no acostumbramos luchar por lo que queremos. Lo incierto cobra importancia, sobre todo cuando huyes a nuestro encuentro. El amor renace con la proximidad de las almas que se buscan desde la nada.

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Conseguir la llave de tu corazón es la mayor tentativa; adentrarse en la esencia amorosa y tamizar con esa fuerza única todos los sentidos; vía precisa que conduce al castillo de los anhelos incumplidos.

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Algo extraño nos inquieta en los sueños; el ruego desmedido de verte aparecer en alguno de ellos, el sentir tan sólo que me rondas, que en la madrugada te presiento, cuando un calor intenso y repentino me obliga a dejar de abrazar la almohada mientras reacomodo este cuerpo que te extraña.

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De diez sueños que tenga, en once estarás tú. De mis más hondas ilusiones estarás prendada, por el cariño que ha crecido, por el respiro que le has dado a mi alma, por las palabras sinceras que me has regalado cuando más lo necesitaba. Porque de mis anhelos eres la luz que los mantiene ardiendo sin agotarse.

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Tinta malgastada, luz recóndita que pierde su brillo; acto inclemente de apagar malentendidos y de proclamarle a la vida otro poco más de cariño. Engaño convenido por la carencia afectiva, rumor que deshace el vacío, caricia fabricada para los dolores míos.

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Ante el vacío de los vicios repetitivos, se revelan antiguas obsesiones anquilosadas y gustos por las mórbidas prohibiciones; reiteración insensata de abismos insalvables. Dejo aislada la conciencia en un paraje yermo, con las voluntades adormiladas y con el rastro del olvido, aparecido de repente entre las necedades convulsivas.

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Los cumpleaños nos recuerdan que no hay marcha atrás, que el tiempo perdido ya no podremos recuperarlo. Ponen en tela de juicio la congruencia de nuestros actos y también la coherencia de nuestro proyecto de vida. Aún así, nos atrevemos a celebrar con los mejores deseos un año más en el libro abierto de nuestra existencia.       


18 febrero 2010

Fragmentos a la deriva IV


En las palabras más llanas se vierten mil sentidos, se van sumando en la recóndita fuente de la memoria, van llenando vastos espacios en blanco.
           
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Hay parajes con cierto encanto, sitios destinados a recrear el espíritu, a nutrir la paz interior que se vuelve dulce remanso en la contemplación de horizontes coloridos.

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A campo traviesa vamos dando con lugares mágicos que albergan la fuerza inédita de acercarse al centro de lo desconocido.

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Nos adentramos al umbral de los paraísos artificiales y las texturas que rivalizan para captar la atención de la mirada que se asoma impávida, pero que confirma también la fugaz hazaña.

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Los excesos a veces nos confunden haciéndonos creer que el universo gira alrededor de nosotros mismos. Qué ilusos.

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Nos persigue el tiempo y nos enfrenta con nuestras deudas pendientes; viaje en el que nos vemos envueltos sin quererlo.

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¿Cómo decimos lo que pensamos sin que los demás se ofendan y sin traicionar impunemente a la verdad?

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¿Por qué es más fácil dejarse llevar por las apariencias y juzgar a los demás en primera instancia, negándonos al conocimiento?

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¿Cómo no herir susceptibilidades en el encuentro con el otro, en la complicidad de vernos reflejados en otro par de ojos?

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Acertamos en el registro de los instantes que acompañan la sensación ufana de sabernos únicos en el acto suntuoso de mirarnos en el espejo.

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Poesía: manto de rubíes que resplandece a cuentagotas; bóveda perenne de claroscuros, aliento vital de un rumor interno.

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Súbito torbellino de sensaciones inusitadas, calor subiendo por el cuerpo inerte, oleada de escalofríos atraviesan la espalda y un dolor ligero se aloja en el nicho del alma.

17 enero 2010

Fragmentos a la deriva III



Una soledad buscada llega a instalarse con los minutos perplejos y en las gaviotas hay un entusiasmo inédito; agitando sus alas proclaman la naciente mañana.

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En el verdor de la parcela se adivinan ya entre los nutridos arbustos los primeros frutos de la cosecha, las primeras flores coloridas de una planta que ha sobrepasado las expectativas y se ha elevado airosa ante un cielo despejado de dudas o sequías, creciendo más allá de lo esperado y trayendo perfumes tersos en sus aromáticas resinas.

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Los números cabalísticos nos ponen los nervios de punta; nos predisponen a las excusas más descabelladas, a escondernos tras los pretextos menos coherentes. Creemos en su influjo sólo por no dejar de creer en algo, sólo por darle gusto a la supersticiosa estrategia de alejarnos de las fatalidades sentimentales y no tentar a la mala suerte en los terrenos del romanticismo. 

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Nos retractamos de lo dicho sin culpa alguna; sin el menor remordimiento nos damos a la tarea de aplazar los esfuerzos de vernos reconciliados y gastamos ingenuamente la energía de la que carecemos en el simple capricho de escondernos en el interior acorazado de nuestros miedos y nuestra desconfianza burda.

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La ausencia nos doblega, nos va ganando en la contienda de los afectos y los derroches de cariño sólo perduran en la esfera de los momentos eternos. Añorando una felicidad efímera nos limitamos al goce de lo cotidiano.

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Sumido en las profundidades del vacío, estiro las manos sudorosas que husmean entre sombras de un reino perdido. La voz cansada del “superyo” se rinde ante las atrevidas resoluciones del “ello”. Una promesa queda postergada entre los labios abiertos, en el paraíso recuperado a fuerza de sobresaltos, con el riesgo de quedar convertido en fragmentos a la deriva.

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Un sol amigable nos absuelve del intenso frío de las mañanas y nos reanima desde la médula de los huesos; nos arropa cálidamente para dar el salto proverbial hacia lo no hecho; fuerza que nos insta a realizar las hazañas que en días nublados no nos atrevemos y a romper de tiempo completo con las cadenas del siniestro miedo.

19 diciembre 2009

Fragmentos a la deriva II




La luz de la bella luna decembrina, con su resplandor nocturno tan parecido a la de octubre, se cierne sobre nuestras esperanzas. De pronto se hunde entre las nubes, se escabulle a un sitio oculto entre las sombras infinitas de un cielo insospechado; velo de formas deleitosas que se inscriben en las caprichosas ráfagas de viento. Más tarde, pende en el techo del firmamento la luna más radiante de todo el año.

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Entre simpatías y caras largas, los mejores momentos transcurren sin dejar huella alguna en la memoria. El único rastro visible son las fotografías que perduran guardadas en los cajones de un altero. De vez en cuando, las rescatamos para mirarlas, tocarlas y ordenarlas con cierto desdén acumulado a través del tiempo.

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Suerte de arreglos antes pactados; convenio de soledades que a pesar de los pesares buscan un complemento, sin poderse quitar bien a bien, la máscara profana bajo la cual se escudan para no sentirse vulnerables, para no evidenciar que sólo se usan porque se necesitan y que se necesitan porque se aman.

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Se rompen cielos eternos en la contemplación desinteresada de las satisfacciones ajenas. La nobleza roza levemente a la soberbia de saberse cobijado, a la instancia retrógrada de exigir a los demás lo que en principio no se está dispuesto a dar. Se nubla el entendimiento ante tanta cerrazón.

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Hacemos que los demás crean lo que nos conviene, que nos crean dueños de la imagen maquillada que ofrecemos al mundo entero, mientras en el fondo de nuestro disfraz de mil colores un ser temeroso huye de las decepciones.

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El mal humor nos transforma en seres huraños. Amargados por cada instante donde no somos abiertamente complacidos, nuestra personalidad se enturbia y toda paciencia parece insuficiente. Tal comportamiento siempre será el germen de los más serios líos.

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Desde el presentimiento más nimio, sabemos de cerca lo que siempre damos por hecho; pedimos cariño honesto sin darlo primero y exigimos recibir un “te quiero”, sin regalarlo ni ganarlo con buenos méritos.

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Al mirar hacia atrás, nos topamos con escenas de un pasado fragmentado, con las piezas de un rompecabezas inconcluso y con los afectos disipados de un corazón en ruinas. Abrigamos en el pecho los restos de mil naufragios y nos curamos las heridas mal cicatrizadas, antes de volver a aventurarnos a mar abierto por los límites de la pasión.


20 noviembre 2009

Fragmentos a la deriva





Ante la escasa inspiración, nos tomamos la libertad de plasmar lo que nos venga en gana, de proclamar el ritmo insensato de otras palabras, de otros mensajes que tomen formas diversas para indagar en el baúl de los pensamientos y ordenar con más o menos suerte, las piezas de un brumoso rompecabezas. 

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No es fácil llenar un espacio en blanco, porque es más que sólo un espacio, es toda una gama de sensaciones, ese cúmulo de recuerdos memorables que pueblan la imaginación al pensar.

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Hay quienes no se saben afortunados de estar vivos. Pasan todo el día quejándose de los sinsabores de la vida, de los desperfectos que anteponen a la dicha enorme de abrirse a la existencia sin reclamos, desde el instante matutino en el que damos nuestro primer respiro.

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Nos obligamos a cumplir nuestras palabras, a cristalizar la fuerza de voluntad en nuestros actos y a escapar del abismo hondo de las apatías; de la desinteresada forma de mirar correr la vida, sin involucrar nuestros ánimos en el cumplimiento de nuestras promesas atrevidas.

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Una amistad basada en el interés tarde que temprano termina agrietándose en el discurrir de mutuos halagos que se intercambian por compromiso. Mustia entrega que acaba fastidiando incluso a quienes gozan de un ánimo siempre cordial y compartido.

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Sentir un palpitar en el cuerpo junto a otra persona, se vuelve una exigencia. Amar otra vez es la puerta de entrada a una dicha enorme que no quisiéramos abandonar de nueva cuenta.

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Vivaz presencia, voz acaramelada, esencia cálida que se antepone a la mirada fija. Rostro de ave en la eterna búsqueda de la libertad perdida. Espíritu húmedo de transparencias rozagantes bajo el semblante de las medianías.

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Tenemos una identidad definida, pero cuando actuamos diferente, se rompe la atmósfera cotidiana de la vida. Si algo puede acabar con la tranquilidad es desconocer si nuestros actos en verdad confirman quienes pretendemos ser.

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La risa es el regalo de los dioses, anhelo concedido de mofarse de uno mismo, de obsequiar una sonrisa total y rotunda, como símbolo de la esencia virtuosa de una vida, llena de simplezas y equivocaciones, de vacíos y gratitudes, de humildad y asombro continuo.

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Los juramentos pierden credibilidad en la rústica esfera de lo espontáneo; allí se cambia de parecer cada cierto tiempo, se ajustan sin esmero las prioridades a largo plazo y se intercambian los motivos para darle paso a la desidia, mientras el valor de la victoria consiste en no darse por vencido.


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Volvemos a despertar al júbilo de antaño, a portarnos como simples niños, aceptando la capacidad de asombrarse en cada quiebre, en cada respiro. Una alegría contagiosa nos recorre el cuerpo en las vísperas de otro año nuevo. Desechamos males y nos llenamos de bendiciones y buenos deseos.


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