17 enero 2010

Fragmentos a la deriva III



Una soledad buscada llega a instalarse con los minutos perplejos y en las gaviotas hay un entusiasmo inédito; agitando sus alas proclaman la naciente mañana.

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En el verdor de la parcela se adivinan ya entre los nutridos arbustos los primeros frutos de la cosecha, las primeras flores coloridas de una planta que ha sobrepasado las expectativas y se ha elevado airosa ante un cielo despejado de dudas o sequías, creciendo más allá de lo esperado y trayendo perfumes tersos en sus aromáticas resinas.

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Los números cabalísticos nos ponen los nervios de punta; nos predisponen a las excusas más descabelladas, a escondernos tras los pretextos menos coherentes. Creemos en su influjo sólo por no dejar de creer en algo, sólo por darle gusto a la supersticiosa estrategia de alejarnos de las fatalidades sentimentales y no tentar a la mala suerte en los terrenos del romanticismo. 

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Nos retractamos de lo dicho sin culpa alguna; sin el menor remordimiento nos damos a la tarea de aplazar los esfuerzos de vernos reconciliados y gastamos ingenuamente la energía de la que carecemos en el simple capricho de escondernos en el interior acorazado de nuestros miedos y nuestra desconfianza burda.

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La ausencia nos doblega, nos va ganando en la contienda de los afectos y los derroches de cariño sólo perduran en la esfera de los momentos eternos. Añorando una felicidad efímera nos limitamos al goce de lo cotidiano.

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Sumido en las profundidades del vacío, estiro las manos sudorosas que husmean entre sombras de un reino perdido. La voz cansada del “superyo” se rinde ante las atrevidas resoluciones del “ello”. Una promesa queda postergada entre los labios abiertos, en el paraíso recuperado a fuerza de sobresaltos, con el riesgo de quedar convertido en fragmentos a la deriva.

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Un sol amigable nos absuelve del intenso frío de las mañanas y nos reanima desde la médula de los huesos; nos arropa cálidamente para dar el salto proverbial hacia lo no hecho; fuerza que nos insta a realizar las hazañas que en días nublados no nos atrevemos y a romper de tiempo completo con las cadenas del siniestro miedo.

19 diciembre 2009

Fragmentos a la deriva II




La luz de la bella luna decembrina, con su resplandor nocturno tan parecido a la de octubre, se cierne sobre nuestras esperanzas. De pronto se hunde entre las nubes, se escabulle a un sitio oculto entre las sombras infinitas de un cielo insospechado; velo de formas deleitosas que se inscriben en las caprichosas ráfagas de viento. Más tarde, pende en el techo del firmamento la luna más radiante de todo el año.

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Entre simpatías y caras largas, los mejores momentos transcurren sin dejar huella alguna en la memoria. El único rastro visible son las fotografías que perduran guardadas en los cajones de un altero. De vez en cuando, las rescatamos para mirarlas, tocarlas y ordenarlas con cierto desdén acumulado a través del tiempo.

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Suerte de arreglos antes pactados; convenio de soledades que a pesar de los pesares buscan un complemento, sin poderse quitar bien a bien, la máscara profana bajo la cual se escudan para no sentirse vulnerables, para no evidenciar que sólo se usan porque se necesitan y que se necesitan porque se aman.

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Se rompen cielos eternos en la contemplación desinteresada de las satisfacciones ajenas. La nobleza roza levemente a la soberbia de saberse cobijado, a la instancia retrógrada de exigir a los demás lo que en principio no se está dispuesto a dar. Se nubla el entendimiento ante tanta cerrazón.

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Hacemos que los demás crean lo que nos conviene, que nos crean dueños de la imagen maquillada que ofrecemos al mundo entero, mientras en el fondo de nuestro disfraz de mil colores un ser temeroso huye de las decepciones.

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El mal humor nos transforma en seres huraños. Amargados por cada instante donde no somos abiertamente complacidos, nuestra personalidad se enturbia y toda paciencia parece insuficiente. Tal comportamiento siempre será el germen de los más serios líos.

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Desde el presentimiento más nimio, sabemos de cerca lo que siempre damos por hecho; pedimos cariño honesto sin darlo primero y exigimos recibir un “te quiero”, sin regalarlo ni ganarlo con buenos méritos.

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Al mirar hacia atrás, nos topamos con escenas de un pasado fragmentado, con las piezas de un rompecabezas inconcluso y con los afectos disipados de un corazón en ruinas. Abrigamos en el pecho los restos de mil naufragios y nos curamos las heridas mal cicatrizadas, antes de volver a aventurarnos a mar abierto por los límites de la pasión.


20 noviembre 2009

Fragmentos a la deriva





Ante la escasa inspiración, nos tomamos la libertad de plasmar lo que nos venga en gana, de proclamar el ritmo insensato de otras palabras, de otros mensajes que tomen formas diversas para indagar en el baúl de los pensamientos y ordenar con más o menos suerte, las piezas de un brumoso rompecabezas. 

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No es fácil llenar un espacio en blanco, porque es más que sólo un espacio, es toda una gama de sensaciones, ese cúmulo de recuerdos memorables que pueblan la imaginación al pensar.

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Hay quienes no se saben afortunados de estar vivos. Pasan todo el día quejándose de los sinsabores de la vida, de los desperfectos que anteponen a la dicha enorme de abrirse a la existencia sin reclamos, desde el instante matutino en el que damos nuestro primer respiro.

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Nos obligamos a cumplir nuestras palabras, a cristalizar la fuerza de voluntad en nuestros actos y a escapar del abismo hondo de las apatías; de la desinteresada forma de mirar correr la vida, sin involucrar nuestros ánimos en el cumplimiento de nuestras promesas atrevidas.

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Una amistad basada en el interés tarde que temprano termina agrietándose en el discurrir de mutuos halagos que se intercambian por compromiso. Mustia entrega que acaba fastidiando incluso a quienes gozan de un ánimo siempre cordial y compartido.

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Sentir un palpitar en el cuerpo junto a otra persona, se vuelve una exigencia. Amar otra vez es la puerta de entrada a una dicha enorme que no quisiéramos abandonar de nueva cuenta.

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Vivaz presencia, voz acaramelada, esencia cálida que se antepone a la mirada fija. Rostro de ave en la eterna búsqueda de la libertad perdida. Espíritu húmedo de transparencias rozagantes bajo el semblante de las medianías.

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Tenemos una identidad definida, pero cuando actuamos diferente, se rompe la atmósfera cotidiana de la vida. Si algo puede acabar con la tranquilidad es desconocer si nuestros actos en verdad confirman quienes pretendemos ser.

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La risa es el regalo de los dioses, anhelo concedido de mofarse de uno mismo, de obsequiar una sonrisa total y rotunda, como símbolo de la esencia virtuosa de una vida, llena de simplezas y equivocaciones, de vacíos y gratitudes, de humildad y asombro continuo.

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Los juramentos pierden credibilidad en la rústica esfera de lo espontáneo; allí se cambia de parecer cada cierto tiempo, se ajustan sin esmero las prioridades a largo plazo y se intercambian los motivos para darle paso a la desidia, mientras el valor de la victoria consiste en no darse por vencido.


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Volvemos a despertar al júbilo de antaño, a portarnos como simples niños, aceptando la capacidad de asombrarse en cada quiebre, en cada respiro. Una alegría contagiosa nos recorre el cuerpo en las vísperas de otro año nuevo. Desechamos males y nos llenamos de bendiciones y buenos deseos.


20 octubre 2009

Secreto inofensivo





De pronto suena el teléfono, hago una pausa, me levanto de la sala y me disculpo mientras me alejo para escuchar quién habla del otro lado de la línea. Se trata ni más ni menos que de Cecilia, una amiga que conocí en un lugar llamado La vecindad, durante un evento de videoarte y música improvisada.

Me pregunta en dónde estoy, le contesto que en mi casa y acto seguido dice que si me parece bien me invita a cenar. Rápidamente me explica cómo dar con el departamento de su mejor amiga y acepta que nos veamos dentro de media hora.

Llego al rumbo de Santa María La Ribera, tomo el primer taxi que pasa desocupado y avanzamos por la calle de Magnolias. Después de varias cuadras, corroboro la dirección y entonces la miro asomándose por la ventana. Aquí me bajo, le digo al chofer, indicándole que se detenga.

Al saludarnos efusivamente, me pregunta por qué tardé tanto y cuando subimos las escaleras observo que Mari Carmen y su novio ya están cenando. En la mesa hay un plato de espagueti, otro de rabioles, una charola de camarones rellenos y para beber una jarra de clericot.

Me presenta con ellos y nos sentamos juntos. La dejo hablar mientras veo el florero con rosas en medio de la mesa y siento la mirada inquieta sus amigos. Cecilia me dice que su hermana está con Germán en una fiesta de cumpleaños. Le acaban de hablar por teléfono para saber si los acompañaría, pero ya es tarde, la celebración queda muy lejos y además me confiesa que ya les había dicho que no tenía muchas ganas.

Hablamos del calor que está haciendo últimamente, aún en las noches, y que a veces hay que dormir con un ventilador al lado de la cama. Cecilia dice que a ella así le gusta el clima y a mí me parece que la oleada de altas temperaturas se está alargando para darnos una muestra de su condición cada vez menos predecible.

Todo lo que prepararon está delicioso y el clericot con hielo resulta sumamente refrescante. Terminamos de cenar platicando de cine, en especial de las películas españolas, del sex appeal de Penélope Cruz y de la otra guapa que sale con ella en una cinta que nadie puedo recordar cómo se llamaba.

Mari Carmen propuso que viéramos "La maldición de la perla negra", con Johnny Deep, nominado al Oscar por el papel del pirata Jack Sparrow y al parecer, uno de sus actores favoritos. La otra alternativa era "Japón", una película mexicana que tuvo buenas críticas de los especialistas, aunque pasó casi desapercibida para el público.

Luego de una pequeña votación nos decidimos finalmente por la primera. Julio apaga el reproductor de música tras encender la televisión, mientras Cecilia y yo vamos a la cocina bajo el pretexto de preparar las palomitas. Nos besamos súbitamente como anticipo del encuentro que más tarde tendríamos en la habitación contigua.

Antes de ver el final, los novios se fueron quedando vencidos por el sueño, como quienes duermen con la tranquilidad de saberse bien acompañados. Me quedé inmóvil hasta que aparecieron los créditos de la película y después nos fuimos a acostar tratando de no hacer mucho ruido. No sé por qué, pero cuando me despedí a la mañana siguiente, no quise decirles que ya la había visto. A lo mejor ellos también, pero eso era lo de menos.

20 septiembre 2009

Mutismo absoluto





Jamás te cruzó por la mente que pudieran secuestrarte. Salías del bar cuando te cortaron el paso, amenazaron con disparar sus armas y te rodearon hasta dejarte sin escapatoria. En seguida, te anestesiaron para dejarte inconsciente. Nadie te auxilió porque cuando te interceptaron, las calles de la ciudad estaban completamente desoladas. Desconoces a dónde te han llevado, así como el tiempo que ha transcurrido desde tu captura. 

Ahora te sientes desfallecer por la sed y el hambre, pero ni siquiera puedes moverte; tienes los brazos y las piernas atadas con gruesas cadenas. Escuchas pasos en el techo del sitio donde te mantienen recluido. Quizás sean tus captores negociando el monto del rescate. —Tan pronto me saquen de aquí, los voy a denunciar a todos y se van a refundir en la maldita cárcel— les gritas, con ganas de escupirles en el rostro. Entre forcejeos, te inyectan otra dosis de la misma droga, amenazándote de muerte si no cooperas con ellos.

Minutos después, todavía alcanzas a reconocer el motor de un automóvil que se aleja, mientras tus aullidos de dolor se pierden en aquel abismo subterráneo. Sufres el desconcierto de hallarte atrapado en los rincones de ese universo desconocido. De pronto, percibes las sombras de criaturas que deambulan sin descanso en esa fantasmal atmósfera.


Bajo el estado alucinante de la demencia, te envuelve el silbido del viento colándose por los resquicios, tan parecido a los lamentos de las almas sentenciadas. Resuenan ecos en lugares inhóspitos; te atormentan los ruidos de las ratas vagando por las alcantarillas. Eres presa del torbellino estremecedor que se acentúa en tu propia psique, perseguida por ese ejército de seres siniestros que te obligan a rezar silenciosamente.

Vislumbras una silueta abominable que yace sumergida en las profundidades de las tinieblas, pero te das cuenta que se trata del cadáver inerte de otra víctima como tú. Entonces cierras los ojos y se apodera de ti una sensación aterradora. Olores fétidos flotan desde donde nada se puede ver e inevitablemente, te sientes sofocado como si estuvieras adentro de un féretro.

Súbitamente, el equipo especial antisecuestros atrapa in fraganti a tus agresores. Derriban la puerta del sótano, te incorporan de inmediato y te liberan del encierro. Por un instante, te domina la incertidumbre, quieres correr, pero te sientes paralizado. Tan sólo buscas articular una palabra para agradecerles por salvarte. Luego de varios intentos que resultan inútiles, descubres lo peor y quedas atónito. Tus miserables verdugos te han mutilado la lengua, dejándote sumido en un mutismo absoluto.


20 agosto 2009

Claves para la creación literaria


Para todos aquellos que escribir les parece una empresa imposible, ya sean novatos, inhibidos o simples aficionados, el Manual de creación literaria de Oscar de la Borbolla explica cómo se pueden encontrar ideas sin que la temida esterilidad del escritor se convierta en un tortuoso vía crusis.
Con cuatro títulos reeditados por la editorial Nueva Imagen, el autor de Todo está permitido, Nada es para tanto, Las vocales malditas y Manual de creación literaria, se ha convencido de que el misterioso embrujo de escribir, como lo llaman algunos, también puede ser enseñado.
Sin embargo, reconoce que no se trata únicamente de dar a conocer los trucos o las claves de la narrativa para el uso de los jóvenes escritores, sino también el hecho de poder pactar un acercamiento a reflexiones de ángulo filosófico, así como plantear nuevas vías para la creación.
Oscar de la Borbolla ha sido profesor de filosofía por treinta años. Resulta oportuno suponer que como filósofo, tiene una capacidad de lector implacable que le permite controlar esa necesidad interior y a la vez, renovar el pensamiento escrito en el salón de clases o ante la hoja en blanco a partir de la revisión de ciertos elementos lingüísticos que encierran el quehacer de la escritura.
Este Manual es notable por fuera y por dentro. En él demuestra que ha sabido combinar la docencia con su labor literaria. Se encuentra dividido en varios capítulos, tales como “Verosimilitud”, “Velocidad”, “Ambigüedad” y “Humor”. Lo anterior queda justificado a través de las experiencias reunidas en la práctica, durante su etapa como tallerista en la Sociedad General de Escritores de México, donde eran esas precisamente, las principales carencias de sus alumnos.
Según El arte poética de Paul Valery, el productor de una obra primero debe ser uno mismo y adquirir la medida de las cosas, para luego crear algo con el valor de una “obra del espíritu”. Su explicación da constancia de una sentencia lógica que es fundamental saber: para poder cantar, primero hay que vivir, pues resulta sumamente complejo presenciar un mundo resquebrajado y traducirlo simultáneamente.
De la Borbolla es un hábil maestro de las letras que pese a conocer el entramado fatalista de la realidad, prefiere la carcajada a los problemas con los que se enfrenta. Por eso apunta que siempre se tiene algo inédito por escribir; de lo contrario, sería una pérdida de tiempo no ver reflejada esta consigna en el trabajo de un informador de realidades alternas, de otros universos donde lo más importante, no es lo tangible ni lo verdadero.
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