19 diciembre 2009

Fragmentos a la deriva II




La luz de la bella luna decembrina, con su resplandor nocturno tan parecido a la de octubre, se cierne sobre nuestras esperanzas. De pronto se hunde entre las nubes, se escabulle a un sitio oculto entre las sombras infinitas de un cielo insospechado; velo de formas deleitosas que se inscriben en las caprichosas ráfagas de viento. Más tarde, pende en el techo del firmamento la luna más radiante de todo el año.

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Entre simpatías y caras largas, los mejores momentos transcurren sin dejar huella alguna en la memoria. El único rastro visible son las fotografías que perduran guardadas en los cajones de un altero. De vez en cuando, las rescatamos para mirarlas, tocarlas y ordenarlas con cierto desdén acumulado a través del tiempo.

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Suerte de arreglos antes pactados; convenio de soledades que a pesar de los pesares buscan un complemento, sin poderse quitar bien a bien, la máscara profana bajo la cual se escudan para no sentirse vulnerables, para no evidenciar que sólo se usan porque se necesitan y que se necesitan porque se aman.

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Se rompen cielos eternos en la contemplación desinteresada de las satisfacciones ajenas. La nobleza roza levemente a la soberbia de saberse cobijado, a la instancia retrógrada de exigir a los demás lo que en principio no se está dispuesto a dar. Se nubla el entendimiento ante tanta cerrazón.

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Hacemos que los demás crean lo que nos conviene, que nos crean dueños de la imagen maquillada que ofrecemos al mundo entero, mientras en el fondo de nuestro disfraz de mil colores un ser temeroso huye de las decepciones.

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El mal humor nos transforma en seres huraños. Amargados por cada instante donde no somos abiertamente complacidos, nuestra personalidad se enturbia y toda paciencia parece insuficiente. Tal comportamiento siempre será el germen de los más serios líos.

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Desde el presentimiento más nimio, sabemos de cerca lo que siempre damos por hecho; pedimos cariño honesto sin darlo primero y exigimos recibir un “te quiero”, sin regalarlo ni ganarlo con buenos méritos.

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Al mirar hacia atrás, nos topamos con escenas de un pasado fragmentado, con las piezas de un rompecabezas inconcluso y con los afectos disipados de un corazón en ruinas. Abrigamos en el pecho los restos de mil naufragios y nos curamos las heridas mal cicatrizadas, antes de volver a aventurarnos a mar abierto por los límites de la pasión.


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